miércoles, 18 de febrero de 2015

La mala semilla - Parte I

Eso. Soy... o fui una mala semilla (que por desgracia brotó y se convirtió en esto). En muchos sentidos pero considerando la razón de ser de este blog: mi papá es judío.

Me metieron de prepo dentro de un marco católico pero en casa jamás se tocó el tema "religión", de ninguna especie. La única religiosa de ambas ramas de mi flia. era mi abuela materna pero no se metía con nadie, no pretendía imponer sus creencias.

Crecí sin saber que papá era judío... increíble pero jamás se mencionó en una mísera reunión familiar. Al parecer para él siempre fue una carga pesada y quería liberar a sus hijos (y a él mismo, supongo). Nunca lo pude hablar pero supongo que fue porque creció en una época particularmente mala, con parte de la flia. tal vez demasiado ortodoxa como para lo que su cerebro estaba dispuesto a tolerar.

En fin, después retomaré los mambos mentales de mi padre... por ahora sigo con los míos.

Bueno, de chica vivía las primeras clases de catequesis en la primaria como si fueran horas para escuchar cuentos. Recortar figuritas para pegarlas después en un libro, cantitos sin significado real. La primera vez que recuerdo que me planteé mis propias creencias fue cuando me mandaron a escribirle una carta a Jesús para quemarla posteriormente (no me acuerdo la edad pero calculo que habré tenido unos 7 años). Me acuerdo que empecé con un "Querido Dios". Mi visión en ese entonces (y a decir verdad, hasta el momento) era un "Dios" como sinónimo de "fuerza creadora"... algo que forma parte de todo pero a la vez de nada, algo que está "más allá", que no se puede ver pero aún así le da sentido a la existencia. En otras palabras, cada vez que pensaba en "Dios" no se me venía a la mente "Jesús", no se me venía a la mente ninguna imagen... sólo dialogaba directamente con ese "Dios" en el "aire". Por entonces me tuve que morfar la sonrisa socarrona de una maestra cuando le dije que la noche anterior había hablado con "Dios". Así siguió, sin intermediarios. Creía en "Dios" no en toda la parafernalia alrededor.

A los 8 años empecé mi vida social fuera de la primaria y la flia.. Por un lado, el colegio exigía que hiciéramos la Primera Comunión en algún lado. Decidí seguir a las niñas populares y caí en una Iglesia llena de personas copadas... digamos que un 98% de la gente ahí era muy "liberal". La pasábamos bien, para qué negarlo. No rendimos ningún examen... de hecho sinceramente ni me acuerdo qué estudiamos. Seguíamos entonando canciones pegajosas sin significado real (al menos para mí), íbamos los domingos a ver los asados que organizaba el -también copado y liberal- párroco junto con los Boy Scouts o un grupo por el estilo. Misión cumplida: tomé la primera de las dos únicas hostias que probé en mi vida (la 2da. también fue por obligación, en la última misa de 7mo. grado... aunque no fue válida porque no me confesé antes :P jaja).

Por otro lado a esa misma edad comencé a estudiar inglés en un instituto particular... y se abrió un mundo nuevo: iban chicos (oh, varones!) de distintos colegios y backgrounds. Buena parte del alumnado y del staff docente era judío. Ahí saltó mi mmm "fascinación". Devoraba los chusmeríos de mis compañeros: desde por qué no iban a clases en "Yom Kippur" hasta el quilombo que había tenido una chica en su casa porque uno de sus hermanos mayores se había metido con una muchacha no judía. Lo que más me llamaba la atención era la seguridad con la que hablaban de su mundo. Quiero decir, no daban vueltas, no dudaban y, sobre todo, no parecían hipócritas con respecto a sus creencias (onda, no andaban desparramando el "amor de Jesús" por doquier y después iban a meterle la pata a alguien para que se cayera, por poner un ej. cualquiera). Y ese interés se convirtió en una obsesión crónica. Soñaba con que alguna vez pudiera acompañarlos a una sinagoga, al colegio, a la casa, donde fuera... para ser testigo presencial de cómo vivían (y para sentirme parte también, lo admito). Lo mismo me pasaba con mis vecinos o incluso se me cruzaba por la cabeza cuando me topaba con alguien con kipá/sombrero por la calle.

Pero un día se me dio por comentarle todo esto a mi madre y recibí como respuesta -en un tono muy "furioso"-: "prefiero que seas una buena judía a una mala católica". No entendí su reacción... no entendía ni el tono ni tampoco por qué ella suponía que yo quería ser judía... no había mencionado ni se me había ocurrido una posible conversión. Sólo quería aprender, chusmear, conectarme. Sin embargo entendí que el asunto no era bien recibido, que tenía que "cajonearlo". Eso, sumado a mi timidez a la hora de pedirle ayuda a alguien fuera de mi círculo más cercano, me llevó a no poder experimentar todo lo que hubiese querido.

En el primer año del secundario me declaré abiertamente "atea" (no conocía el concepto de agnosticismo) y empezaron a saltar más y más conflictos (ya no me movía en un colegio dentro de todo liberal sino en uno plagado de religiosas hipócritas). Con la madurez que me dieron los años, a los 16, me negué rotundamente a hacer la Confirmación (para entonces había tenido tantos choques con las catequistas de turno que no pusieron la menor resistencia, ja). Estaba oficialmente fuera del sistema.

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